Sociedad anestesiada

Hasta hace unos pocos meses teníamos toda la vida orientada y organizada en medio de la comodidad, una “sociedad del espectáculo” entre Reality shows, T.V. novelas y partidos de fútbol, tenia el planeta anestesiado, olvidando las problemáticas que aquejan a la sociedad como el cambio climático, la iniquidad, la corrupción, la xenofobia y de tantos ostros males que nos aquejan como humanidad. Ahora, ¿todo cambió?

El COVID llegó y cambió las formas de vida, frenó el imparable mundo del entretenimiento y con ello redujo la dosis de anestesia que tenia la sociedad en general y fue así que empezamos a sentir un poco esos dolores que nos quejan. Sin embargo, no fue suficiente, al parecer habían algunos medicamentos caducos almacenados que los medios no dudaron en poner en circulación, medicamentos como los programas refritos, partidos de fútbol viejos, entre otras opciones; a pesar de ello, no tienen el mismo efecto de adormecimiento, pero si generan cierto efecto placebo en la sociedad.

Hoy estamos frente a una sociedad un poco más despierta que la de hace un par de meses, pero aún se encuentra atontada por tantos años de anestesia, vale la pena preguntarse de forma individual si estamos nosotros también acostumbrados a nuestros males y si estamos dispuestos a seguir siendo anestesiados, por mi parte creo que es tiempo de despertar.

Esperando

Estaba allí y no lo vi

escondido entre mil

maltratado por la historia

vencedor en la tiniebla.

Allí tras muchos años

esperando el momento exacto

calculando su regreso

a pesar de tanto olvido.

Nunca lo vi

a pesar de la cercanía

o talvez si

lo vi y no lo comprendí

me sume a los ignoradores.

El sigue esperando

observando su rededor

empolvado en el estante.

Un domingo cualquiera

El sacerdote del pueblo en esa ocasión después de proclamar el Evangelio de Mateo, el pasaje en que Jesús advertía que “todo lo que habéis hecho por uno de estos pequeños conmigo lo hicisteis” (Mateo 25:40), decidió cerrar los ojos antes de la predicación y justo después de su plegaria a Dios, vio de reojo a el señor que se hacía en la puerta a pedir para comer y con la voz quebrada solo pudo decir a la asamblea:

– hemos fallado, aún no damos de comer al hambriento, ni de beber al sediento, ni mucho menos posada al peregrino, no visitamos al encarcelado y no estamos pendiente del enfermo, ojalá algún día podamos –

Una pausa

Son las cinco de la tarde y he decidido hacer una pausa, entre las categorías de la crítica literaria propuestas por Aristóteles en su Poética y las disertaciones políticas con cierto aire de elitismo de Platón en la república me tienen un poco atareado, jamás Sófocles pensó que un pseudo escritor latinoamericano fuese a hacer una re-lectura de alguna de sus obras después de mas de dos milenios.

Esta pausa la hago porque a veces debo parar, no se trata de aburrimiento o displicencia, es fatiga; debo procrastinar de vez en cuando, escribir otras veces y otras más comunes procrastinar escribiendo, en este instante no sé como calificarlo, así que por ahora solo me detuve, solo hice una pausa.

Twitter está lleno de videos mostrando la barbarie, me recuerda para qué estudio, “para cambiar la sociedad”. Una sociedad que exige ser repensada y evitar a toda costa su propio exterminio, evitar que nos matemos unos a otros; existe la barbarie en pleno siglo XXI, es triste, pero eso nos da una razón más allá de nosotros mismos para vivir por los otros.

Volveré al ensayo, no sin dejar escrito antes que, la tragedia que vivimos hoy es el resultado de un argumento bien construido al que dio inicio alguna peripecia vivida por Colón hacia 1492, peripecia que enriqueció a unos y empobreció a otros.

Nota:* Aunque esto fue escrito días atrás, hoy que lo dejo para publicar (saldrá mañana) me enteré por los medios de un suceso en Popayán que demuestra que la herida de la colonización aún no sana, sospecho que allí puede estar la raíz de la violencia, no en la herida como resentimiento sino en la herida de la desigualdad aprendida (impuesta) por aquellos que venían en las embarcaciones hace más de quinientos años.

De la autoridad de las autoridades

Hoy solo quise dejar testimonio en este pequeño escrito de la indignación, de la frustración que se siente ver cómo mueren personas en manos de las “autoridades”, autoridades, así, entre comillas, porque el Evangelio siempre ha sido claro, los cristianos llevamos más de dos mil años, quizá más, diciendo que Jesús predicaba con autoridad y que dicha autoridad residía en su testimonio, su coherencia.

Hoy, quedó demostrado que en nuestras “autoridades” hay poco de esa autoridad que predicaba el Señor, poco de Evangelio, poco de coherencia.

Ese día

En aquel lejano país, un hombre de tez trigueña, un día paró, se detuvo y observó a su alrededor, no reconoció a nadie ni nada, sintió una angustia enorme, intento acudir a su memoria pero no encontró nada en ella, parecía que no hubiese conocido a nadie nunca, que siempre uso todo y a todos para llegar hasta allí donde se encontraba, sin preguntar, sin sentir, sin servir, sin vivir. Ese día, todo cambió.

Aquel 1592

Aquel año de mil quinientos noventa y dos corría,
yo huía furtivo de aquella herejía,
de esos que proclamaban que la verdad tenían.

En ese fin de siglo, extraño y maldito,
no todo era malo, lo decían tus ojitos,
pues aunque corría, tú también a mi lado lo hacías.

Ahora heme aquí, frente a los verdugos de los que tanto corrí,
creen que el calor de las llamas terminará con todo de mí,

No saben que así perezca seguiré siendo eterno en ti.

Gracias por tanto

En medio de un fuerte aguacero te doy gracias.

Gracias por el don de la vida.
Gracias por regar la tierra en sequía.
Gracias por las familias que viven unidas.

En una tarde de marchas te doy gracias.

Gracias por cada caminante.
Gracias por los que caminan.
Gracias por el don de la humanidad.

En una noche fría te doy gracias.

Gracias por el techo que me abriga.
Gracias por aquellos que deberíamos abrigar.
Gracias por el don de la fraternidad.

A la estupidez

Erase una vez un lugar bello, el clima era perfecto y equilibrado en lo que respecta al hábitat que se formaba en su entorno, tenía todo un bosque de especies únicas; se generaba allí una mezcla de colores en el paisaje que no podría haber imaginado el más grande pintor. “Belleza” es una palabra que se queda corta al admirar ese lugar, lo que se ve, lo que se siente, su aroma; era armonía pura.

Algún día alguien encontró oro en ese lugar, o mejor dicho, debajo de él, y se encandilaron sus ojos con la hermosura malsana de aquel metal, cegado por la codicia de su propio reflejo que perturbaba la realidad y la hacía más brillante a sus ojos, fue él quien se encargó de iniciar el fin de todo.

Cuentan que aquel paisaje ya no existe y que algunos hijos de esos miserables que permitieron el exterminio, hoy caminan y buscan otro lugar similar, pero no lo encuentran ni lo encontrarán, no consiguen a ningún precio quien les venda algo siquiera parecido, están condenados a morir sin ver la belleza que se podía contemplar, a morir de hambre porque no solo de oro vive el hombre.

Nota: Que esto deje constancia histórica del desasosiego que siente un satandereano que vive en Bogotá del peligro latente que corre el Páramo de Santurbán por la codicia de algunos que no se han dado cuenta de lo incalculable de su belleza, la riqueza de su existencia y lo frágil de su naturaleza.

Relato de una guerra (parte tres)

El Rey blanco ha ganado la guerra, o al menos, la batalla final porque nadie gana una guerra, ha conquistado el territorio negro y tiene rodeado al Rey negro que no tiene de otra que luchar hasta el final, perderá su vida pero con honor, dejando el único legado que puede dejar un perdedor, ser el recuerdo en la mente del vencedor de un rival que fue más valiente que él mismo, que quien lo recuerda, pues fue capaz de morir.

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